Homilia para misa de sanación, 18 de octubre, 1996, Cristo Rey

Evangelio: "Vengan a mi..." Mt 11:28

Jesús nos dice esta tarde: Vengan a mí, todos ustedes que son agobiados y llevan cargos pesados--y yo los aliviaré.

Venimos a esta misa, cada uno de nosotros, con ciertos pesos sobre nuestros hombres. Hay personas que han perdido un ser querido, otros que están enfrentando problemas economicos, otros que tienen problemas familiares, quizás con un hijo que ha desviado del camino de la fe.

Nuestros problemas son varios, pero hay un peso que todos tenemos. Son las ofensas, las heridas que hemos sufrido en el transcurso de nuestra vida. Algunos tienen heridas bien graves y profundas, por ejemplo de haber sufrido un abuso sexual como niño. Otros quizás no tan fuertes, pero reales--y el dolor puede estar en nuestro corazón por largo, incluso puede ser olvidado y luego recordado en cierto momento. Se llama resentimiento, porque uno no solamente siente la ofensa, sino sentirla otra vez--resentirla.

Ayer tuve una experiencia de re-sentimiento. Fui al Safeway para hacer algunas compras--y estaba llevando mi camisa clerical, entonces identificado como sacerdote. Vino sobre mí una sensación de ansiedad, y no sabía por que. Luego acordé que una vez, hace quince o viente años estuve en una tienda grande. Una pareja joven se me acercó, sonriendose. Me reconocieron como sacerdote--y pensaba que iban a preguntarme algo. Pero, no. Sin saludar ni nada, la chica me insultó feo. Y sin darme tiempo de responder, los dos se fueron riendose.

Una cosa relativamente pequeña, pero dejó un dolor, una pequeña herida o resentimiento en mi alma hasta hoy día.

¿Qué podemos hacer con las heridas, los resentimientos que llevamos en nuestro corazón? Tenemos dos opciones.

La primera y probablemente la más comun es guardar el rencor, a veces como un perro con su hueso. No importa si ruino mis dientes nadie va a sacar este huesito de mi boca. Quiero mi venganza. Un problema con esto es que, como en el ejemplo de mi resentimiento de quince años, nunca voy a enfrentar con la persona que me insultó. Guardando el rencor voy a tocar a ella pero sí voy a herir a personas cerca de mí. O voy a transferir el resentimiento a un grupo entero. Por ejemplo puedo recordar que la chica que me ofendió tenía cabello rubio, y pensar, pues, las rubias son bellas pero tienen corazón de serpiente. La segunda opción es la que Jesús nos ofrece esta tarde. Vengan a mi, ustedes que son cargados y agobiados. Jesús conoce nuestros dolores. Es verdad que yo he sufrido algunas ofensas, pero nada como Jesús. Lo escupieron la cara, se burlaron de él y pusieron sobre su cabeza una corona de espinas. Y después de resucitar de la muerte, Jesús se les apareció a sus discípulos--y les mostró las heridas en sus manos y en su costado. Cuando Jesús nos dice en esta misa, "Vengan a mí," Es con los brazos abiertos, presentandonos sus propias heridas.

En este momento quisiera pedirles que vengan a Jesús con tus memorias. Jesus quiere sanar nuestros recuerdos. Voy a sugerir un modelo para venir a Jesús. Tiene dos partes, la primera viene del padre nuestro, perdonanos nuestras ofensas. Antes de pensar en las ofensas de otras personas, reflexionar nuestros propios pecados. No solamente los pecados contra los mandamientos: el aborto, la infidelidad matrimonial, mentiras, robos, falta de respeto a los papas. Pero esta tarde pensar particularmente en las ofensas de haber herido a otra persona. Puedo recordar por ejemplo crueldad de mi niñez o juventud contra otra personas. Y como adulto quizás no tan abierta, pero real.

Tomemos un momento para venir a jesus con nuestros propios pecados. Perdonanos nuestras ofensas.

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