Apiádate de Mí, un Pecador

(Homilía para el 30o Domingo del Tiempo Ordinario, Año C)

Las lecturas bíblicas enfrentan un tema difícil: el reconocimiento de los propios pecados. Para ayudar en entender la importancia de esto, quisiera comenzar con una cita del autor inglés, Evelyn Waugh. Es de una novela histórica basada en la vida de la Emperatriz Helena que fue a Jerusalén para buscar la cruz verdadera:

Cuando Marcario (Obispo de Jerusalén) examinaba su consciencia, era con el método y la observación entrenada de un investigador estudiando la vida de un estanque. Penitentes menos científicos solamente notan unos peces grandes; los aprensivos retroceden de la mala hierba y espuma y con ojos cerrados y espetan un cuento emocional e inexacto de auto-reproche. Pero durante su vida larga, el Obispo había refinada su conocimiento del alma hasta que cada opacidad, can germen microscópico tenía significado peculiar para el. Sabía lo que era nocivo, lo que era inofensivo, lo que tenía valor. (Helena, p. 130)

Hacer un buen examen de consciencia no es nada fácil. No obstante, es un paso esencial para la salvación. En el evangelio de hoy el publicano volvió a su casa justificado – es decir, en una relación correcta con Dios – precisamente porque había hecho un examen propio de conciencia. Se identificó como pecador y pidió perdón. Al otro lado, el fariseo solamente podía examinar la conciencia de su prójimo. Volvió sin ser justificado, es decir no perdonado, no salvado.

Los que han participado en un programa de doce pasos saben la importancia de examinarse bien la conciencia. El cuarto paso requiere hacer “un minucioso inventario moral” de uno mismo. Y luego admitir ante Dios, ante uno mismo y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos. Salir de una adicción al alcohol, drogas, pornografía, comida, casinos – sea lo que sea – depende de la valentía de examinar honestamente la conciencia.

Examen de la conciencia y confesión de pecados ha sido una parte vital de nuestra tradición católica desde el comienzo – como el evangelio de hoy señala. Al hacerlo tenemos que evitar el enredarnos en la “mala hierba y espuma” que Waugh menciona. Como él nota, eso puede llegar a la escrupulosidad que causa que alguien espete un cuento emocional e inexacto de auto-reproche. No obstante, tenemos que identificar no solamente unos peces grandes, es decir las fallas que vienen inmediatamente a la conciencia.

Un hombre que hizo un profundo examen de conciencia era Dante Alighieri. En medio de su vida, había perdido el camino derecho. Para retornar, tenía que pasar por los varios niveles del infierno donde encuentra toda clase de pecador. Pero en un sentido solamente encuentra un pecador – Dante mismo. No es que está igualmente culpable de todo pecado, pero reconoce las tendencia en si mismo a la lujuria, gula, enojo, indolencia, avaricia, etc. En ciertos momentos, su interés intensifica porque no solamente reconoce las tendencias, sino los mismos actos en su propia vida. Así es con todos que leen la Divina Comedia. Ha perdurado como clásico de literatura porque las personas de toda generación se han reconocido en los caracteres de Dante.

No estoy diciendo que hay que leer la Divina Comedia para hacer un examen de conciencia – pero no es mala idea. Sin embargo hay métodos más sencillos. Una persona puede revisar los Diez Mandamientos o los siete pecados capitales. Un párroco con quien trabajé puso mucho énfasis en un examen con tres partes: ¿Cómo ando en mi relación con Dios? ¿Con mi prójimo? ¿Conmigo mismo?

Cuando hice un retiro ignaciano de treinta días, el director nos animaba a hacer un examen cada día. Se puede hacerlo usando un cuaderno o solamente reflexionando sobre los eventos del día. Dijo que es mejor empezar con la misericordia de Dios, tratando de ver la cara del Padre en los diferentes sucesos. El examen procede entonces a dos preguntas: ¿Cuándo actué yo en conjunto de Dios? ¿Cuándo actué yo por mi propia cuenta? Por ejemplo, cuando tomé el tiempo para escuchar con atención a la otra persona, Jesús estaba actuando por medio de mi. Pero luego, bloqueé a alguien en el tráfico. Hay que admitirlo, estaba haciendo mi propia cosa.

A cierto punto, como el publicano, tengo que enfrentar la verdad. Seguramente, como el fariseo, he hecho algunas cosas buenas, pero no significa mucho cuando estoy ante Dios. La distancia entre su santidad y mi realización es sin posibilidad de medir. Lo que puedo decir es, “Apiádate de mí, un pecador.”

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English Version

De los Archivos (Homilía para Domingo Treinta - Año C):

2013: Como Rezar, Parte Tres: Misa Como Oracion del Publicano
2010: Postura en la Misa
2007: Los Gritos del Pobre
2004: Apiádate de Mí, un Pecador
2001: Una Leccion en Humildad

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