El Secreto de Felicidad

(Homilía para Tercer Domingo de Adviento, Año B)

Como hoy es domingo “Gaudete” o sea “Alégrate,” quisiera comenzar con un cuento de buen humor. Resulta que había un predicador famoso que estaba tratando de enseñar a su clase hacer sus expresiones faciales en armonía con lo que están diciendo. “Cuando hablan del cielo,” les dijo, “dejen que su cara ilumine, irradie una luz celestial, que sus ojos brillen con una gloria reflejada. Al otro lado, cuando hablan del infierno – pues, entonces, pueden usar su cara de cada día.”

Espero tener una sonrisa que corresponde a las lecturas de este domingo. Isaias dice:

Me allegro en el Señor toda el alma
Y me lleno de júbilo en mi Dios.

San Pablo, por su parte, nos da este mandato, “Vivan siempre alegres.” Parece raro que Pablo nos ordena ser alegres. Pensamos que la felicidad depende de circunstancias externas. Si las cosas van bien, nos sentimos bien. Pero, si no, parece difícil ser alegre. Es verdad, pero no completamente. Es posible sentir un cierto tipo de alegría aun cuando las cosas vayan mal.

En cuanto a esto, pienso en mi papá. Nunca me olvidaré cuando lo llevamos al hospital a causa de un dolor de barriga. Por varios días solamente había podido comer caldito y sufría bastante. La doctora le examinó y después nos dijo que tenía una obstrucción intestinal. En la presencia de mi mamá, mi hermana y yo, explicó a mi papá que tenía dos opciones. Podía someterse a una cirugía que podía prolongar su vida por unos meses o ella podía administrar paliativos que le daría tres o cuatro días relativamente libres de dolor que él podía pasar con su familia. Mi papá miró a la doctora y a nosotros y dijo, “Me parece que así es.”

Mi mamá y hermana empezaban a llorar. Yo también. Entonces mi hermana le miró a mi papá y dijo, “Miren, Pa está sonriéndose.” Estaba cierto; se sonría. Tal vez era una gracia especial, pero también hay que decir que durante tiempos de crisis, mi papá sabía calmar las cosas con una cierta sonrisa. Desde luego, esto era la crisis final. Shakespeare habló de “...” Mi papá como todo ser humano, tenía ese asombro ante la muerte, que o quien podíamos encontrar después del ultimo suspiro. Al mismo tiempo mi papá podía enfocarse en el momento actual, sentir una especie de alegría.

Estoy seguro que Vds. conocen gente como mi papá. Era parte de una generación (y una clase social) que no hacía demandas excesivas sobre la vida. Al contrario, tenía una manera de aceptar pequeños regalos con gratitud. Y cuando las cosas no iban bien, mostró recursos interiores inesperados. No era resignación o (Dios nos protege) cinismo. Era una humildad como vemos en el Evangelio de hoy donde Juan dijo directamente, “Yo no soy el Mesías.” No soy capaz de salvarte a ti o aun a mi mismo, pero hay Alguien que puede hacerlo. Para El esperamos con esperanza alegre.

El gran autor frances, Leon Bloy, dijo, “Alegría es la indicación mas infalible de la presencia de Dios.” La alegría en cuestión no es necesariamente un sentimiento efervescente. En el mundo antiguo, entendían la felicidad diferente que nosotros. Para Aristóteles felicidad refirió no tanto a una emoción pasajera sino una calidad total de la vida: estar en una relación correcta con otros seres humanos, con el mundo y al final con Dios mismo. El “Himno de Alegría” de Beethoven expresa esta visión de felicidad. Un verso dice, “Aun la lombriz tiene felicidad.” Es decir, el gusano humilde está en una relación correcta con su mundo. Para él es natural. Para nosotros, tenemos que trabajar y recibir ayuda desde arriba. Pero podemos encontrar la felicidad de que San Pablo habla cuando nos manda, “Vivan siempre alegres.”

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Versión Final

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De los Archivos:

Tercer Domingo de Adviento, Año B, 2002: Los de Corazón Quebrantado

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