No Hay Refugio del Amor de Dios

(Homilía para el Cuarto Domingo de Cuaresma, Año B)

Las lecturas dominicales muestran dos aspectos de Dios: amor y castigo. Nos gusta escuchar sobre el amor divino, pero pocos queremos oír de castigo. Sin embargo, los dos son inseparables. Comenzamos con la narración del castigo divino contenida en el segundo libro de las Crónicas.

Las Crónicas contienen una meditación sobre la acción de Dios en la historia de Israel, comenzando con una genealogía larga y luego el record de sus reyes desde David hasta el destierro babilónico. (587 A.C.) A pesar de unos logros maravillosos, el actuar general es bien triste. El cronista lo resume en estas palabras:

El Señor, Dios de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo llegó a tal grado, que ya no hubo remedio. (2 Chr 36:15-16)

El castigo fue más horrible que palabras pueden expresar. La gente tuvo que mirar mientras los babilonios derrumbaron sus muros, saquearon sus edificios (incluyendo el templo sagrado), cortaron los cuellos de jóvenes y ancianos y incendiaron la ciudad entera. (vv. 17-20) Los que tuvieron habilidades útiles (escribas, artesanos, constructores) fueron llevados a Babilonia donde los desterrados “lloraron.” (Salmo 137:6)

¿Cómo podía Dios permitir que su pueblo escogido sufriera tales horrores? Y cuando el cronista les dice que sus sufrimientos son castigos, ¿no está echando sal en sus heridas? Si, pero la sal puede purificar y sanar.

Cuando era niño a veces me corté la mano cuando pescaba con mis hermanos. No llevábamos curitas, pero poniendo la mano en el agua salada, se limpió la herida. Pero al principio escoció mucho. Las palabras del cronista deben de haber escocido, pero también ofrecieron la esperanza de sanción. George MacDonald da esta explicación del castigo divino:

No es placer para Dios, como muchas veces es para nosotros, ver sufrir al malvado…Su naturaleza es siempre perdonar, y precisamente porque perdona, castiga. Como Dios es tal alejo al mal, como para él es un dolor que sus pequeños hagan el mal, no hay, yo creo, ningún extremo de sufrimiento al cual, para destruir la cosa malvada, que no los sujetaría. Un hombre puede influir un dictador, pero no hay refugio del amor de Dios; aquel amor, por ser amor, insiste en el ultimo centavo.

Tengo que admitir que no tengo valentía para decir tales palabras a una persona angustiada: una madre que ha perdido su hijo, un joven diagnosticado con cáncer, alguien traicionado por un compañero. Y no puedo decir que hasta ahora he sufrido las cosas que otros han experimentado. ¿Entonces que hago? Afortunadamente, Jesús nos ha dado una respuesta:

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo...” (Jn 3:16)

En dos semanas veremos lo que el “entregar” significa. Con las misas de domingo de Ramos, comenzamos el sendero de la humillación divina.

Celebramos la Semana Santa en circunstancias mixtas. Por un lado, jóvenes de los Estados Unidos y otros países están enfrentando un mal bien grande, algunos de ellos sacrificando sus propias vidas. Al mismo tiempo hay un peligro grave: la auto-exaltación.

Durante la primera semana de la guerra contra Irak, tuvimos las confesiones cuaresmales de los niños de nuestra escuela parroquial. Después de confesiones individuales, nos reunimos alrededor de una estatua del Niño Jesús. Lo hicimos por un motivo. Como muchos adultos, algunos de nuestros niños son tan impresionados por la tecnología del conflicto que parece un juego de video. La oración puede ayudar a romper ese sentido de no ser realidad.

La verdad es que Dios permite el sufrimiento solo para destruir algo peor – es decir, lo que nos separa de él.

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English Version

De los Archivos:

Cuarto Domingo de Cuaresma, Año B, 2012: Todo Importa - Excepto Todo
2009: La Belleza de Humildad
2006: Pasión Que Transforma
2003: No Hay Refugio del Amor de Dios

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