Bulletin (April 10, 2005)

I have sometimes tried to imagine what it would have been like to be alive in ancient Greece and to hear Homer recite the Odyssey or to hear one of John Wesley’s sermons or a lecture by Thomas Aquinas. Those things won’t happen unless heaven includes the opportunity to view select parts of human history. Nevertheless, you and I have had a great opportunity: to be alive during the papacy of one of the most remarkable popes – Pope John Paul II. No one has ever come to the papacy from such a background: the early loss of his mother, brother and father, studying in an underground seminary and seeing his classmates executed by the Nazis, leading the resistance to Communism as a young priest and bishop, participating actively in the Second Vatican Council and then as pope implementing that vision for the renewal of Church and society.

He traveled more than any previous pope, reaching remote parts of our planet. He wrote more than any previous pope, gave more talks, canonized more saints, wrote more encyclicals and books. Well, the list could go on. He brought to his writings a theological and philosophical depth seldom matched.

Although I followed his life and writings with interest, I only had one opportunity to concelebrate a Mass with Pope John Paul. In 1984 the pope came to Canada and celebrated a Mass at the Abbotsford Airport. I accompanied a busload of people from St. Mary’s Parish. Before the pope arrived, they set up chairs at various spots and we priests heard confessions for several hours. What struck me was that the pope’s visit was not just an outing, but an opportunity for deep spiritual renewal. I do not remember specifics of the pope’s homily, but I will not forget the way he looked at the priest concelebrants. He obviously had a great love for priests and a concern that we exercise our ministries with zeal and a deep life of prayer. His love and compassion for the people in general was also most evident. That is why people everywhere responded so eagerly to his message – even when it made them uncomfortable.

Many tributes have been written about the pope. The Seattle Times had an interesting one. Speaking about reporters covering one of the papal trips, a journalist said:

With some alarm, Victor addressed an urgent question to his colleagues. "What are we going to write about?" he asked. "There's nothing but religion here." Victor was joking not about the pope, but about journalism's foibles. All of us who covered papal journeys knew our editors were most interested in this holy man when he spoke about politics — or if he said anything even vaguely related to sex. But if John Paul had the nerve to speak "only" about religion, well, for goodness sake, that would not make any news at all.

The media did not understand the heart of the pope’s message. And let’s be honest, most of the rest of us only tended to see the surface. The Holy Father was above all a man of prayer. He spent an average of four hours a day in prayer, sometimes more. Besides the Mass and Liturgy of Hours, he said the rosary, spent time before the Blessed Sacrament and carried out a variety of devotions, meditations and spiritual reading. On Fridays he always made the Stations of the Cross. The day before he died, the Archbishop attending him, read the Way of the Cross, and the pope made the sign of the cross after each station.

I have to confess; I rarely spend four hours a day in prayer. I tell myself I am too busy, have too many other things to do. Well, no one had more responsibility, more things to attend to than Pope John Paul. But he did find time for what matters most: communion with God in the Communion of Saints. May he now enjoy the fullness of that Communion.

La semana pasada fue un tiempo de duelo por el fallecimiento del Santo Padre. Hemos rezado una novena de rosarios y varias misas por su descanso eterno. Ser catolicos durante su papado ha sido un privilegio. Su vida era extraordinaria. Cuando tenía solamente ocho años su mamá falleció. En tres años mas, murió su único hermano, que ya era medico. Su papá le cuidó, pero también él cuidó a su papá que no estaba en buena salud. Cuando tenía veinte años, su papá falleció, dejándolo solo en el mundo. Era el año 1941 y el mundo estaba en guerra. Los alemanes y rusos habían dividido el país de Polonia en dos partes. Dicen que el joven Farol Wotylja se postró ante el ataúd de su papá, quizás pasando toda la noche en oración. Cuando se levantó, sabía lo que tenía que hacer.

A pesar de sus aspiraciones a ser actor y estudiar literatura, Farol Wotylja entró en el seminario para servir a Dios y al pueblo como sacerdote. Los nazis no permitían un seminario abierto y él vio a varios de sus compañeros matados por ellos. Después de la guerra fue ordenado y como sacerdote y luego obispo joven era líder en la lucha contra la deshumanización de los comunistas. Participó activamente en el Concilio Vaticano y como papa implementó su visión para la renovación de la Iglesia y sociedad

Viajó más que cualquier otro papa, llegando a todo rincón del planeta. Escribió más que cualquier otro papa, dio más charlas, canonizó más santos. Pues, la lista es larga. Tenía una profundidad teológica y filosófica poco común.

Muchos han escrito tributos al Santo Padre. El Seattle Times tenía una columna interesante. Hablando sobre los reporteros que lo acompañaban en los viajes papales, el periodista dijo:

Con alarma, Víctor hizo una pregunta urgente a sus colegas: “¿De que vamos a escribir? Solamente ha hablado de religión.” Víctor estaba refiriendo no a las manías del papa, sino de los periodistas. Todos nosotros que hemos reportado sobre viajes papales sabíamos que nuestros redactores estaban mas interesados en este hombre santo cuando hablaba sobre la política – o cuando dijo algo aun vagamente relacionado con el sexo. Pero si Juan Pablo tenía la cara hablar “solamente” sobre la religión, pues, por Dios, eso no es ninguna noticia.

Los medios de comunicación no entendían el corazón del mensaje del papa. Por ser honestos, nosotros tampoco lo entendían. El Santo Padre, sobre todo, era hombre de oración. Pasaba un promedio de cuatro horas cada día en oración: la misa, Liturgia de las horas, tiempo ante el Santísimo y una variedad de devociones, meditaciones y lectura espiritual. Los viernes siempre hacia la Vía Crucis. El día antes de morir, el Arzobispo Estanislao leyó las Estaciones y después de cada una el papa se persignó.

Tengo que confesarme que raras veces pasó cuatro horas rezando en un solo día. Me digo que estoy muy ocupado, que tengo otras cosas que hacer. Pues, nadie tenía más responsabilidades que el Santo Padre. Pero encontró tiempo para lo que mas importa: comunión con Dios en la Comunión de los Santos. ¡Que ahora goce la plenitud de aquella Comunión!: