Enseñanza de Jesús sobre el Infierno

(Homilia para el 16 domingo, año A)

Cuando una persona está muy desesperada a veces llama al sacerdote. Unos papás tenían una gran preocupación por su hijo que había caido en una vida muy mala. Pasaba su tiempo tomando y mirando la pornografía. No tenía motivación para hacer algo positvo con su vida.

Despues de hablar un rato con el joven, el padre le preguntó, "¿Crees en Dios?"

El muchacho le respondió, "Sí, padre, creo en Dios."

Entonces el sacerdote siguió, "¿No sabes que algún día tendrás que estar ante El que va revisar toda tu vida?"

"Sí," le dijo el joven, "Pero Dios me aceptará. No importa lo que hago."

Este muchacho había pasado doce años en escuelas católicas. Tenía unas ideas vagas e imprecisas sobre el cielo, pero nunca consideró la posibilidad de no llegar a aquel lugar. Para él ir al cielo fue algo automatico. A pesar de haber escuchado del infierno consideraba que ese lugar fue reservado solamente para personas muy, muy malas como Hitler o Lenin. El siempre pensaba, "No hecho algo tan mal. No he dañado a nadie."

Lo triste no es unicamente que ese joven perdió una de las enseñanzas de Jesús, sino que en el proceso no captó la seriedad de esta vida. La importancia, la importancia eterna, de cada una de las decisiones que hacemos. Esta vida es la única oportunidad que tenemos. Hay personas que piensan que el propósito de esta vida es divertirse al máximo--pero, según las palabras de Jesús van a recibir una sorpresa.

Jesús quería despertarnos, no hacernos dormir. Es cierto que Jesús habló del cielo, pero nunca le dijo a nadie, "Aquí está tu boleto. Ahora puedes hacer lo que te dan las ganas." En el evangelio de hoy, Jesús habla bien claro--junto con la esperanza del cielo existe la realidad terrible del infierno. No es que nosotros podemos decir, "Esta persona está destinada al cielo y ella al infierno." La separación de los buenos y malos pertenece a Dios. Pero algún día Dios va a separar el bueno grano de la mala hierba. El trigo, la planta que produce algo rico para comer, será llevado al cielo. La cizaña, o sea la planta que ahoga a las otras, tendrá otra suerte. Es tan horrible que casi no quiero decirlo. Pero las palabras no son mias, sino del Señor: "arrancarán a todos los que inducen otros al pecado...y los arrojarán en el horno encendido. Allí será el llanto y la desperación."

Voy a ser bien franco. No me gusta hablar del infierno. Ojalá que fuera posible decirles que es un invento de la Edad Media para asustar a la gente y no tenemos que preocuparnos hoy en día. Pero la doctrina del infierno no comenzó en la Edad Media. Fue enseñado por Jesús mismo. El evangelio de hoy es un ejemplo entre muchos. Jesús nos advierte sobre la realidad del infierno y en términos inolvidables. Dice que es un fuego que no se puede apagar.

Fuego eterno es una imagen que da susto, pero los seguidores de Jesús nunca trataron de esconderlo. Por ejemplo, San Pablo menciona unos pecados que cierran las puertas del cielo. El Catecismo explica habla claramente sobre el infierno: "Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección." (#1033) El Catecismo define el infierno como un "estado de autoexclusión de la comunión con Dios y con los bienaventurados."

La palabra clave es "autoexclusion." A veces unas personas se preocupan que van a ir al infierno y que no pueden hacer nada para cambiarlo. Pero el infierno es autoexclusión. Depende de nuestra decisiónn. San Pablo menciona algunas personas que no pueden entrar en el cielo: Lo que cometen fornicación (sexo antes del matrimonio), adulterio, actos homosexuales, borrachos, chismosos y ladrones. (I Cor 6:10) Pero al mismo tiempo que da esta monición, San Pablo explica que siempre en esta vida es posible arrepentirse. "Y esto eran antes algunos de ustedes; pero ahora ya han sido limpiados, y consagrados a Dios, ya han sido librados de culpa en nombre del Señor Jesucristo." (I Cor 6:11)

Estamos hablando aquí de la misericordia, la gracia de Dios. El hecho que alguien se ha portado en una forma autodestructiva no signfica que está perdido para siempre. Cuando nos volteamos a Dios el puede sacarnos del camino de la destrucción, ponernos en el sendero a la vida eterna. Eso es lo que sucedió con el joven que mencioné al comienzo. No es que se hizo monje o que nunca más tuvo problemas. Pero hizo algo aquel día--una oración sincera en su corazón.

Yo sé que para algunos el dificil rezar. Unos me han dicho, "Padre, no sé orar." Les digo con toda franqueza, "tampoco yo."

San Pablo lo dice en la segunda lectura de hoy, "no sabemos pedir lo que nos conviene--pero el Espíritu nos ayuda en nnuestra debilidad."

Un periodista italiano le preguntó al papa Juan Pablo como el reza. El Santo Padre respondió que "el papa reza como el Espíritu Santo lo deja rezar." (ver Cruzando El Umbral de la Esperanza) Luego él citó Romanos 8:26: "El Espíritu mismo intercede por nostros con gemidos que no pueden expresarse con palabras."

Un padre norteamericano estaba presente en la capilla del Santo Padre durante su meditación de la mañana. Al principio pensaba que el Santo Padre sufría algo, pero, no. Estaba rezando con gemidos como describe San Pablo.

La misa es algo semejante. No es que hacemos gemidos de voz alta. Sería una distracción para las otras personas. Pero quizás el vecino tiene cargas pesadas--como tienes tu y que a veces tengo yo. Pero los dejamos a los pies de Jesús con la confianza que su Espíritu nos levantará al Padre.

Cuando nos acercamos a Jesús, no tenemos ningún temor. Ni en nosotros mismos, ni en el mundo exterior, ni en el mundo que viene. Como dice el salmo, "En el tenemos una morada segura."

De los Archivos (Homilias Para Dieciseis Domingo, Año a):

2011: El Mismo Es El Reino
2008: Dejen Que Crezcan Juntos
2005: Distinguiendo Entre Trigo y Cizaña
2002: Horno Encendido
1999:Enseñanza de Jesús sobre el Infierno

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