El Gran Escape

(Homilía Domingo 33o Ordinario, Año A)

“Ojalá que pudiera volar de aquí, escapar todos mis problemas.” Nosotros los sacerdotes escuchamos a otros expresando esos sentimientos – y quizás también los sentimos. Si es así para Ud., déjeme contarle sobre un hombre que hizo el Gran Escape.

Viviendo toda su vida en Vancouver, Canadá, se cansó de todos los líos de la ciudad. Decidió mudarse a una área con poca población. Pudiera haber ido al Yukon, pero parecía demasiado cerca. Estudiando un mapa del imperio británico, vio dos pequeñas islas en el sur atlántico.

Empezaba decir a sus parientes que iba a un lugar donde nadie le molestaría. Le preguntaron donde estaba ese paraíso. Respondió, “cerca la costa de Argentina. Probablemente no los han escuchado nombrar – las Islas Malvinas.”

Por supuesto, los generales argentinos y luego Margaret Thatcher interrumpieron su paraíso.

La parábola de hoy es sobre un hombre que también querría evitar líos. En el día de Jesús, fue posible evitar responsabilidad legal enterrando las posesiones en la tierra. El hombre con un solo talento trató de eliminar riesgo – y los líos. Pero como el canadiense desafortunado, fue una decisión equivocada. El dueño lo calificó no solamente “perezoso” sino “malo.”

Parece duro llámalo “malo” cuando su única falla evidente era la timidez. Puede protestar, “¡No hice daño a nadie!” Pero ¿eso realmente es verdad?

Evitar la responsabilidad es una tentación enorme – especialmente para nosotros los varones. Ha llegado a ser el gran mal de nuestra edad. Como sacerdote he escuchado el sufrimiento de muchas señoras y niños abandonados. Estoy convencido que es la fuente de mas dolor que cualquier otra cosa en nuestra sociedad. En el día del Juicio estas palabras van a soñar muy vacías: “Pues, yo tenía el derecho a mi propia vida. No tenía necesidad de tantos líos.” O peor, “Tenía miedo. Parecía que no me querían.”

Al fondo estamos hablando del amor. Como dijo C.S. Lewis: “Amar es ser vulnerable. Amar cualquier cosa y seguramente tu corazón será estirado – y quizás quebrantado. Si quieres mantenerlo intacto, no darlo a nadie – ni un animal (mascota). Guárdalo en el ataúd de tu egoísmo. Pero dentro del cajón, sin aire, cambiará. No será quebrantado, será inquebrantable, impenetrable, sin redención. El único lugar fuera del cielo donde puedes estar seguro de todos los peligros y perturbaciones del amor es el infierno.”

La parábola, al principio, parece injusta, porque él con menos dones, al final está castigado. Pero no es un cuento de un hombre pequeño que triunfa – como José en Egipto o David contra Goliat. Al contrario, muestra lo que Madre Teresa dijo, “Dios no nos llama al éxito, sino la fidelidad.” El punto es, no importa lo pequeño que tenemos, hay que invertirlo.

Es por eso que eutanasia es tan horrible. Implica un juicio que mi vida – o la vida de la otra persona – ya no tiene valor. Mejor estar muerto. Pero aquel sufrimiento – aquella soledad terrible – puede ser exactamente lo que Dios quiere que tu inviertas. Puede ser lo más grande que tienes que ofrecerle.

Mi tendencia – y quizás la tuya – es compararme a la persona que tiene más y aun sentirme paralizado porque me falta algo que él tiene. Jesús tiene un mensaje para ti y para mí: Superarlo. No tienes que ser alguien que no eres, pero tienes que usar el talento que, sí, tienes. Inviértelo. Tomar el riesgo de amar – de abrazar las responsabilidades que Dios nos ha dado.

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De los Archivos (Homilias Para Domingo Treinta y tres, Año A):

2014: Solidaridad Semana 3
2011: Cosas Pequeñas con Gran Amor
2008: Tomar un Paso
2005: Tiempo, Energía y Dinero
2002: El Gran Escape

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