Victimas de la Envidia

(Homilía para el 29o Domingo Ordinario, Año B)

Aristóteles dijo que el poder que distingue al ser humano es su capacidad para imitar. Comparado con nosotros, el animal tiene una habilidad limitada de imitar. Por ejemplo, por imitación un niño aprende la gramática y vocabulario de un idioma. Donde yo serví en el Perú, niños pequeños podían hablar no solamente castellano sino Aymará – un idioma indígena muy complicado. Y podían ir de uno al otro sin confundirlos – como los niños aquí que tienen papás Vietnamitas o Mexicanos. Por el poder de imitar conquistamos lenguajes – y con ellos culturas enteras que incluye formas de comer, vestirse, relajarse y relacionarse con otros.

En aprender un idioma y cultura, ponemos el poder de imitar a un buen uso. Sin embargo, se puede utilizarlo muy mal. Por ejemplo, niños ven a adultos fumando y desean hacerlo también. Por televisión ven personas hablando con poco respeto – y las imitan. Televisión alcanza los rincones más remotos del planeta con imágenes de estilos de vestirse, carros y casas lindos. La gente ve todo eso y quieren lo mismo. El deseo quizás no es tan negativo en sí mismo, pero fácilmente puede llegar a lo que el evangelio describe: la envidia.

Santiago y Juan observaban como las autoridades civiles gobiernan y deseaban puestos semejantes de poder. Para ellos Jesús era un hombre de grandes expectativas – atraía muchedumbres con su forma de hablar y sanar. Los dos hermanos querrían asegurar puestos cuando él avanzara a Jerusalén. Los otros apóstoles se enojaron – no porque vieron la situación con más claridad. Al contrario, ellos también soñaban con poder civil. En una palabra eran victimas de la envidia. La envidia devora el corazón. Destruye el alma y desea bajar a otros con ella.

Tuve una experiencia horrible de envidia cuando era un sacerdote joven. Uno de mis feligreses tenía todo lo que yo pensaba me hubiera hecho feliz: una esposa bella, lindos niños, una casa elegante. Sobre todo tuve envidia de su profesión – me parecía más emocionante que el trabajo a veces aburrido de la parroquia – sobre todo, las reuniones sin fin y las relaciones públicas (muchas veces no respondiendo a la realidad, sino “percepciones” y chismes). Un día el hombre me pidió una cita. No querría verlo porque me sentía pequeño en su presencia. Cuando finalmente me reuní con él, el hombre comenzó a hablar por veinte minutos sin parar, contándome todos sus problemas y lo miserable que se sentía. Al terminar me dijo, “Padre, tengo que hacer una confesión. ¡Siempre he tenido envidia de Ud.!”

Raras veces vemos el sufrimiento de la otra persona – y tampoco apreciamos nuestras bendiciones singulares. Jesús reta a sus apóstoles por tener envidia de las autoridades civiles. Les ofrece otro camino. “Toma tu cruz y sígueme.” Abraza el apostolado con sus humillaciones y sufrimientos – y también sus alegrías. En una palabra, imita a Jesús. Así pondremos el poder de imitar a su uso máximo.

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Boletín

De los Archivos - Homilias para el domingo veintinueve, ciclo B:

2009: El Que Quiere Ser Grande
2006: Falsa Ambición
2003: Victimas de la Envidia

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