El Problema de La Envidia - Y la Solución de Jesús

(29o Domingo Ordinario, Año B)

Segun Aristóteles la característica más humana es nuestra capacidad de imitar. Por ejempo, para aprender idiomas hay que imitar la forma de hablar de los nativos. Un niño puede adquerir una lengua complicada casi sin esfuerzos – imitando a las personas de su alrededor. Es una maravilla como los niños aquí en Puno pueden hablar español y aymara sin confudir el uno con el otro. Han usado su poder de imitar para algo muy bueno.

Sin embargo es posible emplear el poder de imitar en una forma muy mala. Los muchachos ven por television a adultos fumando o tomando drogas – y quieren imitarlos. Observan también su formar de vestirse o hablar sin respeto. O notan que poseen ciertas cosas – linda ropa, un bello carro – y quieren tenerlas. Por un lado este deseo puede estar bien pero puede llegar a ser muy desordenado.

El deseo desordenado de tener lo que la otra persona tiene se llama la envidia. Es el tema del evangelio de hoy. Santiago y Juan querían ser iguales a los poderosos de este mundo, es decir tener puestos a la derecha y izquierda del rey. Asi consideraron a Jesus, como un mesías terrenal. Los otros apóstoles se enojaron con los dos hermanos, pero no por buenos motivos. ¡Ellos también deseaban puestos altos en el reino de Jesús!

Podemos sonreir a los apóstoles, pero nosotros también caimos facilmente en la envidia - el deseo de tener lo que no nos corresponde. Me acuerdo cuando era un sacerdote joven. Tenía envidia de un hombre en mi parroquia. Pensaba que él poseía todas las cosas que me hubiera dado la felicidad - una bella señora, hijos bonitos, una linda casa, etc. Además el trabajo que yo hacia en la parroquia parecía aburrido en comparación con la profesión de ese hombre. Un día el pidió una cita conmigo. No querria verlo porque pensaba que estaría aún mas triste. Cuando finalmente me reuní con el, me contó todos sus problemas, como a pesar de las aparencias era un hombre miserable. Al teminar su historia triste, me dijo, "Padre, tengo que confesarme. ¡Siempre he tenido envidia de Ud.!"

Realmente no sabemos lo que sufre la otra persona. Tener envidia es algo horrible porque nos causa tristeza y nos hace capaces de dañar a otras personas. Jesús nos indica otra camino. "Si quieres segirme, toma la cruz!" Es decir aceptar los sufrimientos - y las humillaciones - que siempre van a ser parte del apostolado. En una palabra Jesús nos invita a imitar a él mismo. Es el máximo uso de nuestro gran poder de imitar - y la única solución al problema de la envidia.

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