Sufrimiento Redentor y Confusión Moral

(23o Domingo Ordinario, Año C)

Y cualquiera que no trae su cruz,
y viene en pos de mí,
no puede ser mi discípulo. (Lc 14:27)

Cuando personas de mi edad se reunen, casi siempre alguien menciona un pariente o amistad que ha descubierto que tiene una enfermedad grave - o que ha fallecido. Tuve tal conversación con mi hermana, hermanos y cuñados hace unas semanas. Uno de nuestros primos, de cuarenta y tantos años de edad, sufrió un infarto. Una señora de la misma edad se acostó temprano a causa de un dolor de cabeza. Un aneurismo cerebral le quitó la vida durante la noche. Para poner un poco de distancia, tratamos de analizar las causas: ¿Heredad? ¿Dieta? ¿Falta de ejercicio? ¿Miedo de ir al médico?

Mientras conversabamos, nuestro hermano mayor, un farmaceútico, tomó la palabra: "Esas cosas son normales." Nos sonreimos porque él siempre espera lo peor, pero nadie pudía negar lo que había dicho, especialmente como el pasa sus días repartiendo remedios para enfermedades y para alargar la vida. Mejor que nosotros el sabe las limitaciones de los milagros médicos.

A pesar de los avances en higiene, nutrición y medicina, no hemos extendido la vida mucho más de lo que dice la Biblia: "Setenta son los años que el hombre vive; los más fuertes llegan hasta ochenta." (Salmo 90:10)

La confusión moral del hombre moderno viene porque trata de negar la enfermedad y la muerte. Para nosotros como cristianos esas realidades son parte de la cruz. Pero el hombre siempre busca un camino para evitarla. ¿Quien quiere sufrir? Sin embargo, hay una diferencia entre tener miedo - aun Jesús tembló ante la cruz - y rechazarla totalmente. Ese rechazo tiene consecuencias terribles. No reconocer el valor redentivo del sufrimiento conduce a la deshumanización del hombre. Dejenme explicar:

En nuestra sociedad tenemos tantas ganas de encontrar curas para enfermedades que la mayoría de los norteamericanos ya están dispuestos a sacrificar embriones humanos. No han reflexionado sobre las implicancias porque, al mismo tiempo que desean permitir experimentación con embriones, dicen que quieren prohibir la clonación de seres humanos. Pero cuando uno ha aprobado la manipulación de embriones, no tiene un argumento contra la clonación. Por ejemplo, si yo necesito un nuevo higado, ¿no tiene más sentido crecerlo de un embrión que es identico geneticamente a mí? Hablando moralmente ¿cual es la diferencia si el nuevo ser humano es mi gemelo? Pero, Dios ayudame si, por unos años más en esta tierra, estoy dispuesto a llamar otra persona en existencia en tal forma y por tal motivo.

Los que favorecen el uso de embriones humanos para investigaciones nos acusan de hipocresía: "Sus dogmas religiosas sobre embriones son lindas, pero ¿Que pasaría si su papá, o esposo, o hijo iba a morir?"

En este momento estoy pensando en alguien que amo mucho - una niña de cuatro años. Si ella se enferma y no hay remedio aparte de la destrucción de un embrion, ruego que tendría la valentía para decir, "Melany, quiero que te recuperes y llegues a ser una jovencita. Pero mucho más quiero que los dos estemos algun día en el paraiso. Que no agarremos más a la vida presente que a Jesús." El nos dice directamente:

"Si alguno viene á mí, y no aborrece á su padre, y madre, y mujer, é hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi discípulo." (Lc 14:26)

Aun admitiendo que "aborrecer" significa "amar menos" son palabras duras. Sin embargo, si no ponemos a Jesús en primer lugar - sobre toda cosa y toda persona - nunca descubrimos quien es la otra persona y que es nuestro propio ser. Solo amandolo a él, amaremos a todos nuestros hermanos, incluyendo los más pequeños, los más indefensos.

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  • Fotos de la Ordenación del Diácono Armando Perez (Parroquia de la Sagrada Familia, Seattle; 15 de julio de 2001)

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    2007: Reinventarse
    2004: ¿Quién Puede Conocer Los Designios de Dios?
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